Jóvenes: una fuerza desperdiciada
- 24 ago 2017
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Uno de los fenómenos más importantes ha sido el despertar juvenil para interesarse en los problemas sociales. por todos lados pudimos ver grupos de jóvenes que manifestaron no estar ajenos a la problemática social, y que su existencia no es ni muda ni indiferente. Hoy podemos estar más seguros que nunca de que la presencia juvenil no puede ser ignorada, y mucho menos subestimada, por ninguna institución que presuma de buscar el bien común, pues en ella se encuentran la mayor parte de la riqueza de la Nación. Su rumbo es también el rumbo que toma todo un pueblo.. Es de los jóvenes de donde se abastece toda otra fuerza social, para bien o para mal; para crecer o para degradarse. es por ello que mantener a tantos de estos jóvenes en la marginación de oportunidades, en el anonimato o en el simple ocio, puede convertirse en un serio problema para todos.

Grandes Instituciones, como lo son el mismo Estado y las iglesias, sobre todo la iglesia mayoritaria, no pueden dejar de tomar en cuenta la gran necesidad de generar campos de acción para que participe toda esta juventud. Pero la suya debe ser una participación activa, no la que se busca por utilitarismo, como lo han venido haciendo sobre todo partidos políticos y asociaciones delictuosas. Es necesaria la creación de iniciativas en las que la inclusión de los jóvenes sea fundamental, pues ellos deben aprender a ser creadores de progreso, y no sólo depender del que los adultos les puedan dar.
Es en la juventud en la que se deben aprender no sólo los valores que se nos han transmitido por generaciones -cosa que no se demerita-, sino lo que estos valores son en sí mismos, y que no pueden depreciarse tan solo por que el tipo de <<cambio>> lo determine, ni por quienes, abusando de la situación, manejan el capital humano de una Nación.
Los clérigos y, en general, todo líder religioso, deben participar también en esta difícil pero necesaria empresa. No podemos conformarnos más con sólo la organización de coros parroquiales, ni reducir el trabajo de los jóvenes a la estética de la liturgia -aunque no digo que estos servicios estén de más-, o a grupos parroquiales para entretenerlos. Es necesario crear nuevas iniciativas, sobre todo venidas de los mismos jóvenes, que puedan enriquecer la vida de la iglesia. De entre estas iniciativas, se deben impulsar y apoyar a las mejores y a las más urgentes. Hoy por hoy, las parroquias no pueden quedarse con una participación juvenil tan reducida como la de las kermeses o cosas parecidas, ni pueden tener como prioritaria la construcción de una iglesia que no termina nuca.
Lo más lamentable es encontrarse con parroquias que, simple y sencillamente, no tienen grupos juveniles, ni promueven su existencia, ni apoyan iniciativas de participación. Si hoy no promovemos y aprovechamos para el progreso la fuerza de los jóvenes, pretextando que no hay mucho que hacer con ellos, dada su incapacidad y falta de madurez, lo vamos a lamentar. Seremos culpables no solo de que no se logre esa madurez que se reclama, sino también de la decadencia de la sociedad, del retraso en su progreso y de las consecuencias de todo ello. Mientras tanto, estamos viendo ya cómo esa fuerza es manipulada por personas a las que no les interesa el bien de nuestros muchachos, sino lo que pueden obtener de ellos.



















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